Sin querer se enmudece
la piel, sin temer solamente el hastío. Es que es adrede el tiempo que
condiciona el pasar.
Aquel solitario, que no deja huecos, que siente de a sorbos.
Una equivocación tan pronta, pero que fue
elección. Un viejo dolor del amargo más serrano, una silueta con
pronunciados ojos pardos.
Vela por un sueño más
noble, por caminos más ciertos, por simplezas ajenas. Pero se mueve con
murallas de hierro, con bisagras gastadas, con salidas tapadas. Un enredo de pruebas, un galpón de condenas.
Un perplejo destino, un calor que da frío. Sonrisas
efímeras, lágrimas disueltas, brazos reclamados, deseos vanos. Sonidos,
olores, sabores, que son los últimos, y quieren dejar de serlo.
No son neutras las dudas, porque con ellas se viven. No son
necias, porque con ellas surgen las mayores respuestas.
Porque nunca llegó como uno quería, cuando uno debía y lo
que se siente siempre es imagen, pero no acción.
Cuidado, porque las penas no deben ser eternas, los
fantasmas conviven con nosotros, pero no nos pertenecen.
Un sólo, un suficiente, un aprendizaje que necesita
renovarse.
Escapar lo más nítido, aunque no más transparente.
Después la próxima, la
otra cara de la moneda.
Querer arriesgar el orgullo para someterlo.
Soñar para mantenerse en sitio.
Revivir, vivir lo que
queda.
Ahora, punto muerto.
Mar.-
